El cambio de hábitos

De La Web del Corredor
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El hecho de aceptar la conveniencia de incluir una dosis de ejercicio físico en la rutina diaria supone una serie de ajustes en el horario e implica unos cambios más o menos sustanciales en los hábitos de la persona.

El hábito se refiere al horario y a la dieta, básicamente. La diferencia entre un cambio sin más y la modificación de un hábito es que este último tiene vocación de ser definitivo. De poco sirve introducir una serie de cambios radicales, como por ejemplo hacerse el propósito de adelgazar y ponerse en forma si dichos cambios carecen de continuidad. La introducción de un elemento nuevo o diferente en nuestras vidas no será eficaz si es producto de una decisión tomada con frivolidad. Así, por ejemplo, es más importante una modificación leve en algún aspecto mejorable de la dieta si se adopta con continuidad, que seguir un régimen hipocalórico radical de tres semanas con el objetivo de perder unos kilos que se han ido acumulando durante mucho tiempo y por muchas razones.

De hecho, las estadísticas demuestran que la mitad de personas que se inscriben en un gimnasio deja de ir al cabo de unos meses.

Casi siempre el hecho de marcarse un horario para ir al gimnasio, a la piscina o a caminar comporta dejar de lado o reducir el tiempo que antes se destinaba a otra actividad. Sin embargo, la cuestión del tiempo es un tema de lo más subjetivo y que cada cual gestiona y justifica según su conveniencia. Incluso las personas más ociosas, sin obligaciones de tipo profesional y con servicio en casa, llegan a afirmar que están siempre muy atareadas.

El día es de goma y la cantidad de ocupaciones es relativa. Prueba de ello es que un mismo período de tiempo se puede vivir de muchas maneras. Una mañana se puede llenar fácilmente acompañando al niño a la guardería, yendo a la pescadería, pidiendo un extracto al banco, pasando el monovolumen por el túnel de lavado, llevando luego el pantalón de esquí de la niña a la tienda de arreglos para ponerle una cremallera nueva y, finalmente, telefoneando a una amiga para informarle de aquel sofá nuevo tan precioso. En el otro extremo, está el triatleta, el "hombre de hierro", que ocupa su puesto de trabajo a las ocho, después de haber nadado dos mil o tres mil metros (con unas series de pies y otras de doscientos) y que a la una, después de una reunión algo dura con el representante de una concesionaria, un cambio de planes a última hora y una pequeña desavenencia con el jefe, come pan de cereales, miel, yogur, etc. en la mesa del ordenador, esquivando miradas censuradoras, para poder correr los 14 km de fartlek que "le tocan" al mediodía, exactamente a la misma hora en que un trabajador "anónimo" se otorga un respiro con café, copa y puro, y la señora del monovolumen por fin descansa unos minutos mirando el "culebrón".

Una vez más, el punto de normalidad o de equilibrio es difícil de determinar. Los dos personajes que ilustran el ejemplo anterior han tenido una mañana ajetreada. Lo que es normal para unos es una locura para otros. Un criterio racional podría ser el siguiente: "De las 24 horas del día, dedico 16 al descanso y al trabajo. Me quedan 8, de las que tengo que descontar los desplazamientos, el tiempo en familia y las cosas de casa, las comidas. Supongamos que estas actividades ocupen cinco horas. Pues quedan tres para el esparcimiento, las actividades culturales, etc. Entonces, ¿no merece la pena dedicar una vigésimo cuarta parte del día a una actividad que procura diversión y redunda directa y positivamente en mi salud?".

Una característica que diferencia la práctica deportiva de la mayor parte de actividades lúdicas es en quién recae el protagonismo. Corriendo, practicando un deporte de equipo, asistiendo a una clase de aeróbic o de aqua-gym, nosotros somos los protagonistas. Aunque pueda parecer una obviedad, cuando miramos una película o un partido en la televisión, los protagonistas son terceras personas: en este caso los actores y los jugadores -a veces también los árbitros. El espectador se limita a disfrutar pasivamente del espectáculo, pero técnicamente no es más que un elemento imprescindible para que otros tengan la posibilidad de llevar a cabo su arte, su oficio o simplemente su negocio. Es cierto que el motivo principal de la atracción que ejerce un espectáculo en el espectador es la belleza o la dificultad que comporta la acción de un determinado artista o especialista, y que el espectador se siente seducido por algo que él no es capaz de hacer o que no está a su alcance. Pero también es verdad que si un buen día el médico nos comunica que tenemos el nivel de colesterol por las nubes o que sufrimos un proceso degenerativo en tal o cual articulación, ninguno de los protagonistas en quienes habíamos invertido tantas horas de contemplación, y que tanto habíamos idolatrado, se preocupará por nosotros.

Por esta razón, ante la disyuntiva de elegir entre ver la ceremonia de inauguración de unos juegos olímpicos o un partido de fútbol muy importante, o bien montar en bicicleta aprovechando que las carreteras estarán vacías o nadar en la piscina con toda una calle a disposición, personalmente no dudo en escoger la segunda opción, atendiendo a lo que se podría definir como "criterio de protagonismo".

Reducir horas de televisión es un paso importante: mejora la relación interna de la familia y regala horas para dedicar a otras actividades que podemos vivir en primera persona. Una fórmula práctica para cortar de raíz la inercia con la que las programaciones televisivas invaden nuestros hogares y situar en un punto coherente el nivel de exigencia personal en relación con la televisión consiste en plantearse preguntas del tipo: "¿tanto me interesa la película que dan ahora, que incluso pagaría por verla en el cine?". No: pues no la miro. Sí: pues procuro verla o la grabo en vídeo. "¿Me tomaría la molestia de ir a ver el partido que están dando por la tele, si lo hicieran en unas instalaciones al lado de casa y no tuviera que pagar?" Si la respuesta es no, ¿qué sentido tiene que en mi hogar se le conceda la más mínima importancia? Si la respuesta es sí, porque juega mi equipo (del que soy socio, es decir: colaboro voluntaria y activamente en que aquel colectivo obtenga los máximos triunfos posibles), pero resulta que juega en terreno contrario y no puedo ir a verlo, pues entonces no me pierdo el partido por nada en el mundo.

En definitiva, las costumbres de cada persona resultan de la combinación de su propio carácter, de factores sociales y de la educación. De ahí que muchas veces estén arraigados con una fuerza inusitada. Apostar por la movilidad, proponiéndose periódicamente pequeños desafíos personales puede plantearse como un juego divertido que ayuda a sentirse mejor y a conocerse a uno mismo.